Estaba en un bar con unos amigos. Como de costumbre, bebíamos unas litronas. Un litro de cerveza en un vaso de plástico blanco. La verdad, es que después de estar más de media hora comiendo frutos secos del estilo maiz frito o cacahuetes salados apetecía mucho disfrutar de largos tragos de cerveza fresca,
En esa ciudad, se mezclaban los tres poderes. El militar, el religioso y el civil. Nosotros obligados a cumplir, intentábamos pasar el tiempo lo mejor posible, esperando ansiosos que llegara el momento, deseado y dulce, del retorno. A la vez amargo, por la amistad dejada. Momento de regresar cada uno a su vida cotidiana, a su tierra.
Después de estar sentados en el bar, salimos a fumar fuera para no tener problemas con los dueños del local, del cual aún no nos habían hechado
Al sol le quedaban apenas unos minutos, y las luces de las farolas ya empezaban a encenderse, iluminando las calles con un color amarillento. Bajando por las calles de Toledo, llenas de iglesias, es impresionante la cantidad de parroquias que existen en la zona histórica de la ciudad. Y en una plaza fue cuando la encontré. Ella era de goma. Le faltaba un poco de aire y tenía un color crema, un aspecto ensuciado por la tierra y el barro. Pero no, no era una muñeca ihinchable, sino una pelota que fue pasando de pies en pies. La chuté con rabia
A mi me sentó muy bien. Conseguí adelantarme un poco yo sólo con la pelota. Que bien ahora me toca meter a mi unos cuantos chuts, pensé. Y vaya si la metí, la metí hasta el fondo, y en mala hora, se la metí. Una pelotada en la cara de uno. Uno de los cuatro skinheads, en toda la cara
Yo había estudiado un año de artes marciales
Ya había oscurecido, mientras tanto, ellos se acercaban, caminando con ritmo, balanceando los hombros, con paso rígido, marcial. El pecho fuera y la mirada penetrante y amenazantes ojo clavados en tu rostro. Estoy seguro que ahora vienen a por mi, estoy perdido, algo tendré que hacer, ¡sí!
Soy hombre muerto, trágame tierra, ¿cómo era aquella técnica en la cual luchábamos uno contra todos? ...¡Ah sí! Aikido. Pero que estoy diciendo... Bueno ya está, es fácil, sólo tengo que aguantar un poco, mis colegas vienen detrás.
¡Perdón, a sido sin querer!
Ha llegado el momento. Es la hora de pagar por tus pecados, ahora vas a saber lo que te mereces.
Sin mediar palabra. Directos, concisos, lanzan los puños y las piernas con fuerza ¡Toma, toma y toma! MW@JH@JH@JH@JH@JH!
¡Ay!, ¡uy!, ¡oing!, ¡gori, gori, gori! (onomatopeias relacionadas con la receptión continuada de golpes en diferentes partes del cuerpo y a distintas velocidades aleatoriamente así como indiscriminadamente durante breves instantes, empero, lo suficientes como para pensar, ¿pero esto qué es?)
Como tenía previsto, la mejor técnica era la del viejo shaolín que vivia en un lejano pueblo de las remotas montañas chinas, de esas en las que se suele ver un oso panda, y con los picos nevados, como los cuadros iluminados que ponen ciertos restaurantes chinos, en donde también aparece un lago con unos patos y algún barquito velero, alejado de cualquier otro núcleo de población por una distancia de muchos kilómetros. Aquel anciano que regresaba un día cualquiera a su casa, después de una dura jornada de trabajo en el campo.
Justo en el puente que cruzaba un barranco cercano, que hacía de puerta para la ciudad, se hallaban cinco hombres. Maleantes, sin oficio ni condición, víctimas de la ausencia del espíritu. Al ver al viejo, una sonrisa se dibujó en sus rostros, se metieron con él y le pidieron que les diera todo lo que llevara. Sin soltar palabra, el anciano les dió un saco, donde transportaba los útiles del trabajo, algo de comida, vino, y algunas monedas, aunque se quedó con una manta.
Pero los jóvenes bandidos no tuvieron suficiente y quisieron darle una paliza, para disfrutar un poco de la violencia gratuita. El monje shaolín, se cubrió con su manta y dejó, como una alfombra apaleada, que su cuerpo absorviera toda aquella cantidad de golpes.
No podían imaginar los ladrones que al poco tiempo se pondrían enfermos y morirían uno tras otro. Mientras que el anciano seguía con su vida cotidiana, como si nada hueviese o huviera ocurrido. La técnica de la Palma de Hierro. El que entra en contacto con esta sustancia, recibe una cantidad chi, mezclado con óxido de hierro, fruto de un exaustivo entrenamiento que se consigue golpeando virutas de hierro mezclado un ungüento que incluye ciertas hierbas medicinales autoprotectoras, muere por el enverenamiento de su sangre, víctima de su propia violencia, la cual retorna multiplicada.
Así que me cubrí con mis brazos y piernas, encogido y dejé pasar el tiempo, escasos segundos, hasta que mis amigos llegaron al lugar, y aquellos individuos salieron corriendo. Por suerte no me rompieron nada, sólo unos moratones en los ojos, y todo el cuerpo un poco dolorido.
Mucho se discutió, hablo, criticó y dijo de este suceso. En primera instancia, se quería venganza immediata, pero era la hora de entrar en el cuartel y no nos podiamos entretener, así que regresamos.
El compañerismo afloró y se murmureaba por todos lados, corriéndose la voz de que unos fachas habian apaleado a un recluta. ¡Uy! con lo quemada que estaba la gente... Yo, con total sinceridad, lo que quería es que aquello se olvidara. Pero me sentía observado, se giraban al pasar, y se susurraban al oido: mirar, ese, ese, es el que le dieron la paliza.
De mi cuartel, pasó al vecino, y de ése al otro y al otro. Al poco tiempo todos los militares, bueno, sin exagerar, sólo los más cañeros
Sí, así fue. Creo que al final se hizo justicia, se equilibraron las fuerzas, la ley del péndulo. Se produjo un extraño paralelismo entre el ejemplo del shaolín y mi propia experiencia.
No se puede andar chutando una pelota de plástico medio hinchada por la calle, ya que puede tener consecuencias imprevisibles.
