Monótono se repetia el paisaje a medida que el tren avanzaba por su largo recorrido. Afuera, todo era un liso verdor; llanura inacabable limitada únicamente en el horizonte por una borrosa linea de montañas que tan solo dejaban imaginar sus siluetas, difuminados sus bordes por la distancia. Adentro, uno tras otro los mismos asientos vacios, las ventanas, que Katia habia cerrado una a una cuando el frio de la noche anterior se habia hecho sentir, y el arrullo constante del sonido que producia el traqueteo del tren sobre las vias.
Katia yacia recostada en el pasillo de su desierto vagón. A pesar del frio que sentia, ya estaba demasiado cansada de los acolchonados asientos como para seguir sentada sobre uno de ellos.
Casi un dia entero habia pasado. La sed y el hambre habian reemplazado al aburrimiento como principal preocupación, dejando atrás al miedo, la incomodidad o el desconcierto. Ni una sola vez hábiase detenido el tren y, por lo que podia llegar a verse, tampoco parecia que fuera a hacerlo dentro de poco.
El pequeño pájaro negro habia vuelto a aparecer hacia unas cuantas horas, asustando bruscamente a Katia al salir ruidosamente desde abajo del asiento que la niña habia elegido como cama para pasar la noche. Ahora, el ave se acicalaba tranquilamente parado sobre un respaldo, lo más lejos posible de su persecutora. Solo una o dos veces habia grajeado el animal desde su súbita reaparición, y nunca habia despegado los ojos de la muchacha más que por algunos segundos.
A medida que la espera se hacia más larga, afuera, el cielo comenzaba a poblarse de ásperas nubes, cubriendo la llanura con una suave manta oscura. Para cuando las primeras gotas comenzaron a salpicar los vidrios de las ventanas, las montañas del horizonte habian desaparecido en la negrura de la tormenta.
Ni siquiera el soplido del viento, a veces aullante, otras tantas sibilante, fué capaz de acallar el permanente traqueteo. La caida de la lluvia solo se le acoplaba como un suave murmullo; tierno, maternal, pero sin embargo tan frio... frio, como aquel último abrazo que Katia habia dado al cuerpo de su fallecida madre.
Sin poder detenerlas, las lagrimas afloraron en los ojos de la niña. Sus amigos estaban en lo cierto. Siempre que se hallaba en dificultades acudía a ella aquel triste recuerdo, quitándole fuerzas en lugar de otorgarselas... Como si su madre, egoista, quisiera retenerla a su lado aún cuando su tiempo hubiese acabado y reposase ya en el silencio del sepulcro.
Convulsa, entre arcadas y sollozos, Katia se avalanzó sobre una ventana, abriendola a toda velocidad. Sus pulmones exigian aire. Su pecho, consuelo.
Las heladas gotas de agua azotaron su rostro violentamente ni bien asomara la cabeza por el hueco de la ventanilla. El tren avanzaba ráudamente a través de la densa cortina de lluvia y, entre la oscuridad, el ruido y la humedad, Katia pronto tuvo la impresión de hallarse completamente sumergida en un mar tormentoso, siendo arrojada despiadadamente de ola en ola.
En una surreal escena, se enfrentaron llorando el cielo y la niña, con el impasible tren como único testigo.

